sábado, 30 de abril de 2016

LA PARÁBOLA DE DIOS DEL JARDÍN DEL EDÉN



Después de haber creado Dios la infraestructura de la Tierra, hizo de ella un bello y delicioso jardín, con toda clase de plantas, árboles frutales, animales, aves y peces. Este jardín era regado por cuatro ríos. Y allí puso a Adán y Eva para que lo cuidasen y cultivasen.

Dios creó el universo y todo cuanto en él existe. La Tierra es el único planeta del sistema solar, con sol, atmósfera, agua y vida. Sólo en  la Tierra se pudo hacer un bello jardín.

Y Dios sembró en el medio del jardín el árbol de la vida. Y también sembró el árbol de los frutos del conocimiento del bien y del mal.

Conocer, en hebreo, es tener relaciones sexuales; cuando el ángel Gabriel    le dice a María que va a tener un hijo, ella le contesta “como es posible si no conozco varón”. Un árbol siempre está en pie; El hombre camina de pie. Lo puso en medio del jardín, que  es la parte privilegiada; es lo principal, al que van a quedar sujetos, animales, plantas y todo lo que hay sobre la Tierra. Desde el medio del jardín, el que tiene vida puede darla a sus descendientes, porque la vida se transmite por procreación. Adán y Eva son el árbol de la vida.

Los frutos son vistosos, agradables al paladar y de apariencia deliciosa. Sólo un árbol bueno da frutos buenos y un árbol malo da frutos malos, pero no hay árbol alguno, que de buenos y malos frutos a la vez.

Pero el hombre, que es como un árbol, tiene los dos frutos, el bueno y el malo, por diseño. Adán y Eva tienen la cara y los genitales por delante, agradables y deliciosos, y por atrás Adán y Eva son iguales, tienen un fruto agradable a la vista y que parece ser delicioso ¡pero no lo es! porque por él pasa el excremento venenoso que no sirve para procrear.

El conocimiento es del fruto del bien, si se usan los genitales correctamente y es del fruto del mal, si se usa el recto como vagina. Por ahí sale el excremento, sustancia maloliente, lleva lo que ya no sirve, lleno de toxinas, bacterias, virus, gusanitos, venenos y deshechos.   

Hay un permiso: Come si quieres del fruto de todos los árboles del paraíso. Y una prohibición: pero del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal no comeréis, porque si comieres de él infaliblemente moriréis.

El fruto del mal, al que ni siquiera debemos mirar, nos trae enfermedades como la gonorrea, chancro, sífilis, sida, herpes y muchas otras de las llamadas venéreas, que son de difícil curación y que generalmente e infaliblemente nos llevan a la muerte, aunque no nos maten de inmediato.
Cuando Dios fue a buscar a Adán y Eva después del almuerzo, estos se escondieron y se excusaron alegando que estaban desnudos, lo cual no era cierto; el taparrabo de hojas de higuera que  se habían colocado para , para cubrir el pene embarrado e infectado de Adán y el trasero embarrado y sangriento de Eva los delataba. ¡Habían “conocido” el fruto del  mal que les estaba prohibido! Adán dijo: “la mujer que me diste por compañera me invitó diciendo que era agradable”. Eva dijo: “el muy astuto Satán me engañó”.

Este misterio de la creación, se prolonga en el Éxodo, cuando nos dice Dios en sus diez mandamientos “no fornicar” para no caer en el pecado de Adán y Eva. Pero para procrear hay que fornicar. Y se entiende ahora, en estos tiempos de crisis de sobrepoblación, que este mandato, sirve para controlar el crecimiento de la humanidad. Si dos nacen y dos mueren, la población permanece estable y se puede programar, lo que se produce y lo que es necesario para la vida, con lo cual se vive absolutamente mejor con Dios. La China después de millones de años está de acuerdo con el mandamiento de Dios y dicta la misma ley: “Para estabilizar la población debes tener dos hijos, luego debes fornicar dos veces”. Paradogico resulta el hecho de que quienes no creen en Dios, promulgan la ley de éste. Este mandamiento también nos llama a todos a ser castos y puros, porque fornicar sin  procrear, es hacer el acto sexual sin beneficio.

Descansen hermanos y no estén buscando donde estuvo el paraíso. El paraíso es toda la Tierra. Ni tampoco busquen el árbol de la vida, ni el árbol de los frutos del conocimiento del bien y del mal, porque ese árbol es el mismo ser humano.

Esto lo dijo Dios así, para que mirando no vean y escuchando no oigan.      
    
Arturo Cornejo Barreda
Lima, 30 de abril del 2016.